Revista de Análisis Plural

Entrevista a Oliver Hart, Premio Nobel de Economía 2016

0

¿Habría estallado la crisis financiera si las hipotecas hubieran previsto contingencias como una posible caída del mercado inmobiliario? ¿Actuarán en el futuro los ordenadores como árbitros en las disputas contractuales? ¿Cómo dividimos el coste que comporta luchar contra el cambio climático? Aunque Oliver Hart (Londres, Inglaterra, 1948) no tiene todas las respuestas, descubrimos con el actual premio Nobel de Economía (galardonado junto con el economista finlandés Bengt Holmström) por qué los contratos juegan un papel capital en el funcionamiento de la economía moderna, cuáles son sus limitaciones y en qué situaciones la asignación del control es importante.

Texto: Emma Bouisset


Las economías modernas se sostienen por innumerables contratos. Aceptar un trabajo, comprar una casa o fusionar una compañía exigen firmar un acuerdo entre dos partes. ¿Diseñarlos es un terreno delicado?
Lo es. Aunque no siempre, claro. Pero en las relaciones a largo plazo resulta difícil anticipar todo lo que podría llegar a suceder durante el transcurso de la relación y plasmarlo en el contrato. Por lo tanto, los contratos siempre serán, inevitablemente, incompletos.

Sabiendo esto, ¿cuán importante es la asignación de los derechos de decisión/propiedad?
En algunas situaciones es muy importante. Si nos centramos en las empresas, por ejemplo, tienen contratos con muchos stakeholders (incluyendo accionistas y acreedores, proveedores, clientes y trabajadores), pero la autoridad de toma de decisiones suele recaer en el consejo de administración -formado por los principales propietarios, si la empresa es una empresa privada o, en el caso de una gran empresa, por un grupo aparte-. Así, para lidiar con los contratos incompletos, no especificamos todo lo que la empresa hará en el futuro en un contrato sino que le damos a este grupo -al consejo- el derecho a tomar muchas decisiones, es decir, los derechos de decisión.
Otro ejemplo: piensa en cómo organizamos el gobierno. Varios órganos toman decisiones sobre cuestiones que no se especificaron de antemano. En consecuencia, la asignación de estos derechos aquí también es muy importante. Aunque en este caso no se otorgan por propiedad, sino de otra manera.

“En las relaciones a largo plazo, los contratos serán inevitablemente incompletos.”

Hablando de decisiones, ¿de dónde proviene su interés por las negociaciones contractuales complejas?
Fue una evolución. Como parte de mi tesis estaba interesado en cuál es la función objetivo apropiada para una empresa en un mundo de incertidumbre. Inicialmente me centré en la idea de que los diferentes accionistas de una empresa podrían tener objetivos diferentes (por ejemplo, podrían tener actitudes opuestas en cuanto al riesgo). Más adelante, me di cuenta de que los conflictos entre los diferentes accionistas eran probablemente menos importantes que el conflicto entre la dirección y los accionistas. En consecuencia, ¿cómo alinear sus preferencias? Y eso me llevó a un estudio de los diversos mecanismos de mercado que existen para resolver este problema.
Más tarde, caí en la cuenta de que si estamos interesados en el conflicto entre gerentes y accionistas tal vez una manera natural de lidiar con ello sea a través de un contrato entre los propietarios y los ejecutivos. Y eso me llevó a pensar en este tipo de contratos (de incentivos) en particular. Pero ahí no acabó todo. Con el tiempo, comencé a cuestionarme -y esto lo hice inicialmente con Sanford Grossman y, luego, con John Moore- por qué este contrato de incentivo presupone que la empresa ya existe y que tiene un cierto tamaño. Es decir, ¿por qué la empresa ya es así en primer lugar? Y esa es una cuestión que los economistas ya habían estado estudiando y que se denomina “los límites de la empresa”. Y cuando empecé a indagar en eso me di cuenta de que todo se trataba de contratos. En qué supuestos el contrato entre la empresa A y la empresa B funciona bien o si no o sería mejor (o cuándo sería mejor) para la empresa A adquirir la empresa B o para la empresa B adquirir la empresa A. Y eso me llevó a los contratos incompletos. Pero fue un proceso de 10 años.

Cinco nobeles de izquierda a derecha: Bengt Holmström (2016), Alvin E. Roth (2012), Christopher A. Sims (2011), James A. Mirrlees (1996) y Oliver Hart (2016).

¿Cuáles eran sus objetivos cuando eligió esta área de investigación? ¿Diría que los ha cumplido?
Cuando empecé este trabajo con Sanford Grossman, en 1983, y también después con John Moore, sabíamos que había bibliografía sobre esta cuestión, las denominadas preguntas sobre fabricar o comprar: si usted necesita un input, ¿lo fabrica con sus propios empleados o redacta un contrato con una empresa externa para que se lo suministre? De nuevo, la cuestión de “los límites de la empresa”. Pero se trataba de una literatura informal y, por lo tanto, nuestro objetivo era establecer una teoría formal sobre los costes y beneficios de hacer las cosas dentro de la empresa frente a externalizarlos. Así que, en este sentido, diría que sólo he sido parcialmente exitoso, porque resulta que los modelos formales que construimos no son enteramente satisfactorios. Resulta que si las partes contratantes son totalmente racionales y están interesadas en sí mismas -que es la suposición estándar en la economía-, existen ingeniosos mecanismos para superar la imperfección contractual que resuelven esencialmente el problema, por lo que los derechos de propiedad o de control dejan de ser necesarios. Pero eso es algo que nunca sucede en el mundo real. Por ello, en mis investigaciones de los últimos 10 años, me he apartado de estos supuestos estándar y he introducido algunos elementos conductuales, como el interés por la equidad y el comportamiento razonable. Y sigo trabajando en ello, aunque muchos economistas se muestren escépticos porque les gusta la asunción de la racionalidad y realmente no creen en las teorías que se apartan de ella.

Pero tras casi 30 años de estudio de los contratos incompletos algo habremos evolucionado. ¿Qué impacto han tenido hechos clave como la crisis financiera y la digitalización de las empresas en el “arte” de llegar a acuerdos?
Es una pregunta bastante difícil y no estoy seguro de tener todas las respuestas, en el sentido de que se podría decir que la crisis financiera tal vez surgió en parte porque no se redactaron buenos contratos. Las hipotecas que se firmaron podían tener sentido en un escenario en el que los precios de la viviendas subieran eternamente, pero no en uno en el que no lo hicieran. ¡Y no solo no subieron, sino que se hundieron! Así, muchos de estos contratos, que se revelaron como estúpidos, condujeron a mayores problemas. Cabe preguntarse, entonces, por qué se redactaron de ese modo. ¿Por qué no se incluyeron contingencias que habrían significado que funcionaran mejor si las cosas no salían tal y como se esperaba? Y esa es una pregunta fundamental. Gran parte de mi trabajo trata de la dificultad de anticipar el futuro. Pero a veces, incluso cuando podemos anticiparlo –es decir, cuando al menos podemos prever algunas de las posibilidades que podrían llegar a ocurrir-, esta información no se incluye en el contrato. No es que no se haya previsto o que no se pudiera prever, es que pese a conocerla, se opta por ignorarla. Y ese es un rompecabezas importante y no creo que todavía entendamos por qué es así.
Acerca de la digitalización, algunas personas han sugerido que en el futuro podremos usar ordenadores para redactar mejores contratos e incluso que todo el proceso podría automatizarse. Soy escéptico al respecto porque creo que hay muchas situaciones complicadas y no estoy seguro de que una tecnología pueda resolverlas todas. Las máquinas pueden ser útiles, por ejemplo, para alertar sobre escenarios en los que quizás no habríamos pensado o para resolver algunas disputas a modo de árbitros. Pero no veo que todo el proceso llegue a un punto en el que podamos delegar completamente en ellas.

“Gran parte de mi trabajo trata de la dificultad de anticipar el futuro. Pero a veces, incluso cuando podemos imaginar lo que podría suceder, esta información no se incluye en los contratos. Y no creo que todavía entendamos el por qué.”

Y en cuanto al cambio climático, ¿está cambiando el modo en que pactamos?
Hacer algo por el clima está en el interés de todos. Pero cabe preguntarse cómo dividimos el coste de pasar a una energía limpia. Los países en una etapa temprana de desarrollo podrían afirmar que los países desarrollados deben asumir un coste mayor. Y los países desarrollados podrían no verlo de la misma manera. Hay mucha polémica sobre cómo dividir ese coste y eso hace que sea difícil avanzar. Y luego, por supuesto, hay quien, para no pagar, negará el problema. Creo que es similar al debate que estamos teniendo sobre la globalización. Como economista, creo que el libre comercio es positivo porque, en general, obtenemos ganancias gracias a él. Pero el problema es que no todo el mundo se beneficia de los acuerdos comercial entre países. Y eso puede llevar a algunas personas a decir que no deberíamos tener un acuerdo comercial en absoluto. Pero creo que es el camino equivocado. Sería similar a decir que no deberíamos tener un acuerdo climático. De hecho, deberíamos tener estos acuerdos porque por encima de todo nos benefician.

En un artículo escrito junto con Luigi Zingales en 2008, usted argumentó que los economistas habían “abandonado su principios” al favorecer los rescates bancarios. ¿Cuál cree que debe ser entonces su papel?
Creo que los economistas debemos ser honestos acerca de lo que entendemos y lo que no. Y en el caso de la crisis financiera, no creo que entendiéramos por qué sucedió. Pero tampoco creo que entendiéramos por qué era necesaria una intervención. Por eso escribimos ese artículo. Sentimos que los economistas que asesoraron en materia política tal vez tenían razón en que los bancos debían ser rescatados, pero ciertamente su opinión no se basó en ninguna teoría económica fundada. Fue más una intuición de que había que hacer algo. Pero no creo que la teoría económica lo justificara.

Y como economista británico que vive en los Estados Unidos, ¿qué cambios cree que hemos de esperar a ambos lados del Atlántico? Usted estaba a favor de que Gran Bretaña permaneciera en la UE…
Efectivamente, era partidario de la permanencia, pero puedo entender el deseo de recuperar el control de algunos británicos. Eso está muy en el espíritu de mi propio trabajo y de lo que hablábamos antes, de que en un mundo de contratos incompletos, que es el mundo real, tener derechos residuales de control es crucial. Y pienso que los británicos creyeron que habían cedido demasiado poder a Bruselas. Así que puedo entenderlo. Sin embargo, yo estaría a favor de tratar de modificar la UE un poco en lugar de salir porque no creo que [el brexit]vaya a funcionar bien. Me preocupa que Gran Bretaña se aísle. A lo largo de los años las universidades británicas se han beneficiado mucho del hecho de ser más internacionales. El Reino Unido es ahora un destino muy atractivo y me preocupa que deje de serlo en unos pocos años. Por lo tanto, no me siento muy positivo en este momento.

“Como economista, creo que el libre comercio es positivo porque, en general, obtenemos ganancias gracias a él.”

Por otro lado, usted también era partidario de Hillary Clinton.
Así es. Creo que Donald Trump es un presidente aterrador, y todo lo que hemos visto desde las elecciones me ha convertido en una persona todavía menos entusiasta hacia él de lo que ya era antes. Y eso que lo creía imposible, ya que mi nivel de entusiasmo por entonces era cero o negativo. Trump emplea el lenguaje del proteccionismo que desmantela los acuerdos comerciales; el lenguaje de abandonar la lucha contra el cambio climático. No sé qué va a suceder realmente. Quizás todo sea palabrería. Pero me preocupa el futuro a ambos lados del Atlántico.

Hablemos, pues, de cosas más alegres. ¿Alguna vez creyó que ganaría el Premio Nobel?
Bueno, creo que como investigador de algún modo siempre he oscilado entre considerar que mi trabajo era genial y que no lo era en absoluto. Mis sensaciones iban de un lado para otro. Pero cuando me sentía optimista, sí creía que realmente tenía una oportunidad. Debo decir, sin embargo, ¡que desde que recibí el premio, me han surgido muchas más dudas!

Y ahora que es usted un académico premiado, ¿qué habilidades crees que son las más importantes en la investigación en Economía?
Obviamente, hay que tener una buena mente analítica y, sobre todo, tratar de aportar algo nuevo.

Para terminar, en su opinión, ¿qué pueden hacer Europa y los EE. UU. para fomentar el desarrollo de las carreras de investigación en Economía?
Creo que es importante que los países se den cuenta de que la investigación básica es fundamental, y que hay que encontrar alguna manera de financiarla para que la gente perciba que una carrera como investigador es atractiva y no considere que la única manera de tener un buen nivel de vida es yendo a Wall Street o a su equivalente europeo.

“Trump es un presidente aterrador, y todo lo que hemos visto desde las elecciones me ha convertido en todavía menos entusiasta hacia él, cosa que no creía posible.”

EL PERFIL

Londinense de nacimiento, Oliver Hart tiene la doble nacionalidad británica-estadounidense fruto de su matrimonio con la escritora y profesora de literatura de Harvard, Rita Goldberg. Tras graduarse en Matemáticas en el King’s College de Cambridge (1969), estudió un Máster en Economía en la Universidad de Warwick (1972) y, dos años más tarde, se doctoró en la Universidad de Princeton. Docente desde entonces en la London School of Economics (donde sigue siendo profesor visitante emérito) e investigador en el Churchill College de Cambridge por un tiempo, en 1984 volvió a Estados Unidos, donde enseñó primero en el MIT. Desde 1993 es profesor de Economía en la Universidad de Harvard. Su último proyecto (aparte de encontrar el lugar perfecto donde colocar el preciado galardón) es un ensayo sobre la idea de que los accionistas de una empresa no estarían únicamente interesados en cuestiones monetarias. “Pueden tener preocupaciones medioambientales”, dice Hart, “por lo que podrían estar dispuestos a renunciar a algún beneficio económico a cambio de que la suya sea una empresa limpia”.

Enviar Comentario