Revista de Análisis Plural

Nueva Abengoa significa nueva economía?

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Tras el pre-concurso y acuerdo con acreedores de 2015, y los reajustes de 2016, parece que se habla ahora de la rentrée de Nueva Abengoa. Pero ¿cómo puede “regresar” algo “nuevo”? Posiblemente, formularse tal pregunta puede indicar falta de sensibilidad posmoderna. O sea, no saber que hoy en día los discursos sobre la realidad pueden primar sobre la misma, al depender aquella de la percepción que se disponga al respecto.

Texto: Antonio Sánchez-Bayón. Doctor en Derecho y en Humanidades. Prof. asoc. en ISEMCO-Univ. Rey Juan Carlos y Univ. Bernardo O’Higgins (Chile). Colaborador en EAE Business School.


Corría el año 1941 cuando el presidente Roosevelt, padre del intervencionismo económico estadounidense –supuestamente, para salvar el capitalismo, pero llegando a nacionalizar hasta el oro–, juraba por tercera vez su toma de posesión, rompiendo así con la tradición iniciada por George Washington de autolimitarse a dos mandatos y no presentarse a una reelección (por lo que hubo que aprobar la vigésimo segunda enmienda en 1947). Mientras, en España, dos ingenieros de familias acomodadas de origen vasco-catalán y residentes en Sevilla (Javier Benjumea Puigcerver, marqués de Puebla de Cazalla e hijo del conde de Benjumea y ministro de Franco, y José Manuel Abaurre Fernández-Pasalagua), con un capital social inicial de 180.000 pesetas (cantidad elevada para la época, salvo que se contara con respaldo institucional o de algún actor social prominente), deciden constituir en Sevilla el germen de la gran multinacional que será Abengoa. Su objetivo empresarial inicial era fabricar contadores eléctricos (en concreto, uno de tipo monofásico de cinco amperios). Pero dada la mala condición de las infraestructuras y de la situación económica del periodo de posguerra civil, urge entonces un viraje radical, no de supervivencia, sino de redefinición para el progreso aprovechándose los contactos, por lo que desde 1943 la empresa pasa a dedicarse a la elaboración de proyectos, estudios técnicos y montajes eléctricos. O lo que es lo mismo: del emprendimiento en la economía real pasa al asesoramiento en la economía financiera.

En menos de una década, la compañía logra extenderse por toda Andalucía y facturar casi 45 millones de pesetas. Durante los años 50 se expande por España; en los 60 comienza su internacionalización, y entre 1970 y 1980, sigue creciendo exponencialmente (con una facturación superior a los 50.000 millones de pesetas)

Una expansión meteórica
En menos de una década, la compañía logra extenderse por toda Andalucía y facturar casi 45 millones de pesetas. Durante los años 50 se expande por España, y en los 60 comienza su internacionalización (sus primeros proyectos internacionales se acometieron en Colombia, Venezuela y Guatemala; y la primera oficina extranjera se abrió en Argentina). En su 25º aniversario (1966), la empresa se jacta de lograr más de 4.500 millones de pesetas. Y entre las décadas de 1970 y 1980, en plena Guerra Fría, mientras casi todo Occidente sufre los inevitables reajustes de mercado por la crisis energética, tecnológica y de mano de obra, en cambio, Abengoa sigue creciendo exponencialmente (con una facturación superior a los 50.000 millones de pesetas).
Más adelante, con la globalización y su intensificación de negocio en la “actividad de desarrollo e innovación en el ámbito de las tecnologías de la información, las energías renovables, los biocombustibles y el respeto al medioambiente”, Abengoa no sólo se “dispara” en Bolsa (liderando en alguna ocasión el IBEX), sino que multiplica por 300 su facturación –o al menos así lo comunica su ingeniería contable hasta la década del 2000-. Hasta la gran crisis financiera de 2008, Abengoa se consolida como multinacional, con presencia en EE.UU., China, India, etc., dando lecciones de “espíritu emprendedor, responsabilidad social, transparencia y rigor en la gestión”, según su página web.
Ahora bien, si todo iba tan fenomenal y mejorando (más de 75 años de experiencia, presencia en 55 países, más de 26.000 trabajadores y una docena de filiales y colaboradoras, con ventas anuales superiores a los 7.000 millones de euros y los beneficios por encima de los 150 millones, etc.), ¿qué pasó para que Abengoa se desplomara, siendo sacada del IBEX (incluso, de la cotización en Bolsa), se requiriera –fallidamente– de financiación superior a 10.000 millones de euros y finalmente tuviera que aceptarse un acuerdo durísimo con acreedores? Más aún, ¿para qué hablar de Nueva Abengoa si se sigue insistiendo en que la misión, visión y compromiso de la compañía es el siguiente: “ En Abengoa creemos que el mundo necesita soluciones que permitan hacer nuestro desarrollo más sostenible. Los científicos nos dicen que el cambio climático es una realidad, y desde Abengoa pensamos que es el momento de buscar soluciones y de ponerlas en práctica. Abengoa enfoca su crecimiento en la creación de nuevas tecnologías que contribuyen al desarrollo sostenible”?

En noviembre de 2016 se aprobaba la reestructuración de la empresa por la Junta General Extraordinaria de Accionistas; entre las primeras medidas estuvo la renovación de la Junta Directiva. Así, se evitaba la que habría sido una de las mayores quiebras conocidas en España, aunque no desaparecía la incertidumbre

Se equivocó Abengoa… ¿o lo hicimos los demás?
¿Qué pasó realmente? Sólo en el orden mercantil, Abengoa inició el año 2015 con la amenaza del pre-concurso y la urgencia de soluciones reales para hacer frente a acreedores. En febrero se aprobó un plan para salir de la crisis, basado en la desinversión y enfocándose en el negocio ingeniero y de construcción. En abril venció el plazo para llegar a soluciones viables, por lo que el Juzgado de lo Mercantil nº2 de Sevilla tuvo que conceder una prórroga que evitara la declaración del concurso y posterior liquidación (mientras, aumentaba la deuda, pues el plan de febrero continuaba). Se necesitaron siete meses de duras negociaciones adicionales hasta que se logró el quorum de acreedores requerido por ley. En noviembre se homologaba por los juzgados el citado acuerdo, siendo aprobada la reestructuración correspondiente por la Junta General Extraordinaria de Accionistas, y entre las primeras medidas estuvo la renovación de la Junta Directiva. Así, se evitaba la que habría sido una de las mayores quiebras conocidas en España, aunque no desaparecía la incertidumbre: se suponía que había renacido Abengoa (el 22 de noviembre de 2016, con la ampliación de capital), pero no sus prácticas. En vez de afrontarse con más realidad y menos retórica lo ocurrido, con todos los problemas y retos, en cambio, se volvía a viejas prácticas de descargo discursivo, intentando repercutir las consecuencias negativas a los accionistas (por pérdida de valor), así como a la sociedad española (buscando un rescate y lográndose finalmente que el ICO avalara sus préstamos).
En definitiva, desde Abengoa nunca se reconocerá fallo alguno, pues lo ocurrido bien es imputable a una “imprevisible crisis financiera internacional” –pese a existir, entre las múltiples herramientas disponibles, algo tan elemental como el análisis de ciclos y coyunturas–, o bien se ha tratado de una “falta de conciencia medioambiental” –al no apoyar los demás proyectos–.

Desde Abengoa nunca se reconocerá fallo alguno, pues lo ocurrido bien es imputable a una “imprevisible crisis financiera internacional”, bien se ha tratado de una “falta de conciencia medioambiental”(al no apoyar los demás proyectos de la compañía)

hija de sus circunstancias
Antes de terminar, eso sí, cabe romper una lanza a favor de la compañía, pues se trata de una empresa nacida en la durísima década perdida de los años 40 (por la posguerra y el bloqueo) que fue capaz de reinventarse, acercándose a los poderes públicos y su intervencionismo económico, tanto por las redes de contactos como la alienación con las directrices políticas (durante la dictadura y la democracia).
En definitiva, Abengoa sólo es hija de un sistema que nada nuevo tiene, pese a su maquillaje periódico, como es un intervencionismo político-jurídico que ya debería haberse superado con la globalización. Y es que, ¿cómo se puede hablar de “empresas líderes españolas” cuando los propietarios son accionistas de cualquier parte del mundo?

Nota: Artículo realizado en el seno del grupo de investigación GiDECOG, con apoyo de ISCE-URJC.

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